Santo Domingo.- La planificación urbana y un mejor manejo del arbolado son vistos como un desafío que deben enfrentar las autoridades para garantizar una mejor calidad de vida de los habitantes, ante el incremento de temperatura que durante tres décadas viene registrado la capital dominicana y que no solo se trata de cambio climático.
Así lo entiende el biólogo Domingo Contreras, ambientalista con amplio manejo en la gestión urbana, y el arquitecto Eduardo Julia, subdirector de Cambio Climático de la Fundación Sur Futuro, quien afirma que los datos presentados sobre el índice de calor, demuestran que se ha pasado de las predicciones científicas a la dura realidad, que apenas comienza.
La temperatura máxima promedio de la Capital ha subido 1.4 grados Celsius en tres décadas, mientras que la mínima nocturna lo ha hecho en 1.9 °C, casi el doble.
Una pesquisa hecha por la doctora Gilkauris Rojas Cortorreal y el arquitecto Julio Peña, investigadores de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Estación Central del INDOMET y el Instituto Dominicano Aviación Civil (IDAC),hace mención de los cambios que se vienen dando, que afectan a la población.
Contreras dijo que ese estudio confirma una realidad que ya se percibe en la vida cotidiana de Santo Domingo: la ciudad se está calentando más rápido de lo que se adapta. No se trata únicamente de un fenómeno climático, sino de un desafío de planificación urbana. Décadas de crecimiento con escasa infraestructura verde, la impermeabilización del suelo y la pérdida de cobertura vegetal han intensificado el efecto de isla de calor, afectando la salud, la productividad y la calidad de vida de quienes habitan la capital.0
“La respuesta no puede limitarse a alertas meteorológicas, es indispensable impulsar una estrategia integral de adaptación urbana que recupere corredores verdes, proteja y amplíe el arbolado urbano, incorpore techos y fachadas verdes, promueva superficies permeables y fortalezca el manejo del agua de lluvia. Cada proyecto de infraestructura y cada nueva urbanización debería evaluarse también por su capacidad para reducir la temperatura de la ciudad y aumentar su resiliencia frente al cambio climático”, detalló Contreras.
Adelantó que la situación debe servir como un llamado a la acción para las autoridades, el sector privado, la academia y la ciudadanía, ya que Santo Domingo necesita asumir el confort térmico y la adaptación climática como pilares del ordenamiento territorial.
“La ciudad del futuro no será la que más construya, sino la que logre armonizar desarrollo, naturaleza y bienestar, garantizando espacios urbanos más frescos, saludables y sostenibles para las próximas generaciones”, añadió.
Abandonar apetito de pavimentarlo todo
Para Eduardo Julia, los datos ofrecidos por los investigadores de la UNPHU deben llamar la atención de los responsables de las políticas urbanas a todos los niveles, especialmente de las oficinas de planeamiento urbano.
“Hemos pasado de las predicciones científicas a la dura realidad, que apenas comienza. Así como las predicciones eran certeras, las soluciones para enfrentar el fenómeno también son de conocimiento común, empezando por adoptar diseños urbanos y materiales de construcción más adecuados a nuestro clima tropical, y lo más importante, y económico, utilizar los servicios de la naturaleza, recuperando las zonas verdes y el arbolado en las aceras, los humedales y no modificando los drenajes naturales de las cañadas, entre otros”, planteó Julia.
Insistió en que se debe cambiar el “apetito por pavimentarlo todo”, por construir donde quiera un espacio verde y libre, de tener enormes estacionamientos asfaltados y sin sombra, y abandonar el extremo de encementar parques e isletas de avenidas convirtiéndolos en verdaderos almacenes de calor.
“Recordemos que el aumento de la temperatura es sólo uno de la cadena de ajustes que la naturaleza ha puesto en movimiento ante la agresión de un desarrollo que ha priorizado el beneficio económico en detrimento del bien común”, añadió.









