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El poder de la clase media en la era digital

La expansión de la clase media constituye uno de los mayores logros socioeconómicos de las últimas décadas en República Dominicana. Si bien el crecimiento de la economía no toca a todos por igual, es palpable la movilidad social experimentada en los últimos 30 años.

Sin embargo, este éxito ha engendrado su propia paradoja: la trampa de la clase media. Aquellas familias que lograron superar la línea de la pobreza, impulsadas por políticas públicas iniciales que satisficieron sus necesidades básicas, hoy demandan un horizonte de bienestar completamente distinto.

Ya no se conforman con migajas. Sus prioridades han mutado hacia la calidad de los servicios públicos, la transparencia, la seguridad y la equidad fiscal. Al experimentar una mayor independencia económica, este segmento posee un poder de decisión ciudadana inédito y una capacidad crítica feroz.

Irónicamente, el mismo Estado que facilitó su ascenso socioeconómico es ahora percibido como un ente obsoleto que ya no los representa de manera genuina. Quizá por este fenómeno es que los sistemas socialistas distribuyen riquezas, pero no fomentan su creación.

¿Cómo debe responder el Estado ante una ciudadanía que ya no se somete a los viejos esquemas tradicionales de control de masas? La respuesta no reside en el asistencialismo clásico, sino en una reingeniería profunda de la gobernanza pública actual.

Los gobernantes enfrentan el reto urgente de gestionar con inteligencia la inmensa capacidad de híper-amplificación que propician las redes sociales y los canales digitales. La clase media tiene más poder cuando protesta y lo hace sin necesidad de armar desórdenes en la vía pública ni afectar la propiedad privada.

En el pasado, la comunicación política era fundamentalmente unidireccional. Hoy, la democratización tecnológica acelerada ha transformado el ecosistema social y político desde su raíz. Está más que sobreentendido que la clase media es la que transforma sociedades porque tiene mayor capacidad e independencia para tomar decisiones. La revolución digital ha venido a amplificar ese poder.

No obstante, esta revolución digital esconde una peligrosa arista: muchas de estas voces critican y movilizan masas sin comprender en absoluto los complejos mecanismos del Estado. Y peor: el debate público corre el riesgo de reducirse a consignas efectistas y soluciones mágicas que se difunden a la velocidad de un clic. Cautela con eso.

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