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Rol del empresariado: más allá de las utilidades

Toda sociedad necesita empresarios exitosos. Pero, sobre todo, necesita un empresariado que entienda que su éxito depende, en última instancia, del éxito de la sociedad en la que opera. Esta diferencia es en realidad una de las claves que explica por qué algunas naciones logran consolidar procesos sostenidos de desarrollo mientras otras permanecen atrapadas en ciclos de crecimiento frágil, desigualdad e incertidumbre.

Joseph Schumpeter definía al empresario como el agente de la innovación, el responsable de introducir nuevas combinaciones productivas capaces de transformar la economía mediante la “destrucción creativa”. Sin embargo, esa capacidad transformadora pierde su esencia cuando se limita exclusivamente a maximizar beneficios de corto plazo.

Peter Drucker, de su lado, afirmaba que las empresas son órganos de la sociedad y que su legitimidad proviene de crear valor para esta. No existen empresas prósperas en sociedades empobrecidas, ni mercados dinámicos donde predominan la desconfianza institucional, la exclusión o el deterioro del capital humano.

La rentabilidad empresarial y el bienestar colectivo no constituyen objetivos incompatibles; son mutuamente dependientes. No obstante, uno de los mayores desafíos es la ausencia de un espíritu de cuerpo dentro del empresariado. Con frecuencia predominan los intereses individuales sobre la construcción de una visión compartida de nación. Cada sector procura resolver sus problemas, mientras las grandes cuestiones estructurales (calidad educativa, productividad, competitividad, informalidad, innovación, institucionalidad o sostenibilidad fiscal) quedan relegadas a un segundo plano.

John Kenneth Galbraith advertía que el creciente poder de las grandes empresas debía estar acompañado de una responsabilidad grande frente a la sociedad. El poder económico, sostenía, solo conserva legitimidad cuando contribuye al interés general. Décadas después, Michael Porter desarrolló esa intuición mediante el concepto de valor compartido, demostrando que la competitividad empresarial depende de la prosperidad de su entorno.

Una sociedad con mejor educación, instituciones confiables e infraestructura moderna no solo mejora la calidad de vida de sus ciudadanos; también produce mejores trabajadores, consumidores más dinámicos y mercados más sofisticados. La reflexión de Amartya Sen complementa esta visión al recordar que el desarrollo no puede medirse únicamente por el crecimiento del ingreso, sino por la expansión de las capacidades de las personas para vivir con libertad y dignidad.

Un enfoque interesante es el de Alexis de Tocqueville, quien observó que la fortaleza de las democracias descansaba en la existencia de cuerpos intermedios capaces de articular intereses, generar confianza y promover la acción colectiva. Un empresariado unido, organizado alrededor de una visión de país y no únicamente de reivindicaciones sectoriales, constituye precisamente uno de esos cuerpos intermedios esenciales para la estabilidad democrática y el progreso económico.

El verdadero liderazgo empresarial no puede medirse solo por el tamaño de las inversiones o por los balances financieros. Debe evaluarse también por su capacidad para fortalecer instituciones, impulsar consensos, promover la innovación, generar oportunidades y contribuir a la construcción de una sociedad más próspera y cohesionada. Porque las empresas crean riqueza, pero son los empresarios con visión de nación quienes ayudan a construir el futuro de los países.

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