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Salida del Mapa del Hambre: ¿y con qué se come eso?

La reciente publicación del informe “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI 2026)”, elaborado anualmente por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), ha causado mucho debate localmente, ya que acaba de consagrar a la República Dominicana como el quinto país de Latinoamérica apenas en haber salido de lo que la FAO denomina el “Mapa del Hambre”.

Ahora bien, muchos han dudado de la fiabilidad de este diagnóstico, argumentando que, en este mismo informe de la FAO, se señala que el 41.3% de la población dominicana aún enfrenta algún nivel más o menos intenso de inseguridad alimentaria.

¿Cuáles son entonces las realidades actuales de la República Dominicana, de cara a la lucha contra el Hambre? Para responder tan importante interrogante, hay que entender primero qué significado tiene ciertamente esta distinción de la FAO, para luego desmenuzar los factores que han llevado a que el panorama nutricional dominicano esté bajo el imperio de lo que los entendidos en la materia llaman “la triple carga de la malnutrición”. En otras palabras, se trata de buscar elementos de respuesta para el ciudadano de a pie que, al enfrentarse a diario con cierta inseguridad alimentaria nos preguntaba: “Salida del Mapa del Hambre: ¿y con qué se come eso?”

Primero entonces, un gran motivo de satisfacción: de acuerdo con la metodología de la FAO, la República Dominicana ha logrado oficialmente salirse del Mapa del Hambre en 2026, luego de logros similares por tan solo otros cuatro países en la región: Uruguay (2013), Brasil (2014), Costa Rica (2015) y Guyana (2020).

Esto significa que el país ha logrado reducir, de manera sostenida, la prevalencia de la subalimentación hasta ubicarla por debajo del nivel del 2.5% que es el indicador que termina definiendo cuando se sale del Mapa del Hambre. Según las estadísticas oficiales, la subalimentación pasó de un 21.3% (período 2004 a 2006) hasta ahora menos del 2.5% (período 2023-2025).

Esta medición es bastante fácil de entender ya que se toma en cuenta el porcentaje de las personas que no alcanzan a consumir la cantidad mínima de calorías necesarias para gozar de una vida saludable.

A pesar de tan positivo avance, es indispensable recordar que a la República Dominicana le falta todavía mucho camino que recorrer en materia nutricional, ya que definitivamente, se enfrenta a un complejo y costoso entorno dominado por la “Triple carga de la malnutrición”, y en el cual demasiada gente todavía sigue sufriendo importantes privaciones alimentarias.

El primer elemento de esta tripleta se llama “desnutrición” causada por niveles desiguales de “inseguridad alimentaria”, que las estadísticas de la FAO estiman en torno a 1,900,000 dominicanos, o sea un poco menos del 20% de la población total que sí sufre de inseguridad alimentaria grave: esto quiere decir personas que frecuentemente pueden quedarse sin alimentos, o pasar días enteros sin comer por falta de recursos.

Pero más allá de la inseguridad grave, lo que sí llama aún más la atención es el alcance casi generalizado de la inseguridad alimentaria moderada, que, según la FAO, alcanza hasta un 41.3% de la población dominicana (unas 4,700,000 personas), lo que ubica el país en el quinto lugar en Latinoamérica (posición poco envidiable), definiéndose en este caso esta inseguridad moderada como no tener certidumbre sobre la posibilidad de conseguir alimentos de mamera regular, y/o la necesidad de reducir tanto calidad como cantidad de alimentos, traduciéndose esta situación en saltarse comidas o substituir alimentos más sanos y nutritivos (pero más costosos) por alternativas baratas y ultraprocesadas.

De cierto modo, el segundo elemento de la tripleta se deriva del mal arbitraje entre cantidad y calidad descrito anteriormente, y se puede describir como “hambre oculta” lo que significa que, a pesar de tener la cantidad nominal de calorías necesarias, la mala calidad de los alimentos, o su pobreza, provoca entonces un déficit de micronutrientes esenciales para el desarrollo tales como minerales (hierro, yodo y zinc) y vitaminas.

Sin duda alguna, influye muy especialmente el aspecto económico: de acuerdo con estadísticas oficiales, se estima que el costo diario de una dieta saludable pasó de US$3.39 en 2017 a US$5.60 en 2025, equivalentes a unos RD$10 mil pesos mensuales. Presupuesto prácticamente inalcanzable para los cerca de 5,400,000 habitantes que conforman los hogares de los quintiles 1 y 2.

Por tanto, de lo anterior, se deriva el nuevo miembro de la tripleta que es la sobre nutrición, quien lleva una tendencia preocupante al aceleramiento en toda la población: a nivel de la población infantil, salta a la vista la preponderancia de sobrepeso y obesidad en más de un tercio de los niños en edad escolar; y a nivel de los adultos, las estadísticas de la FAO indican que la prevalencia de la obesidad se había disparado desde un 22.4% (2012) a 30.8% en 2024.

Los malos hábitos impulsados por los nuevos estilos de vida (éxodo rural, falta de ejercicio, abandono de la lactancia materna y consumo excesivo de alimentos ultraprocesados ricos en azúcar y grasa) explican tan preocupante fenómeno en término de altísimos costos a futuro para la sociedad.

Esta combinación letal de tres rostros de la malnutrición conlleva un elevadísimo costo económico en materia de oportunidades de desarrollo y crecimiento, no solamente a nivel individual, sino sobre todo a nivel de la misma sociedad en general: los estudios conjuntos del Programa Mundial de Alimentos (WFP por sus siglas en inglés) y de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) calculan en hasta 2.6% del producto interno bruto (PIB) el costo anual en materia de gastos adicionales de salud y educación, además de pérdidas de productividad laboral, esto equivaldría a cerca de RD$220 mil millones al año, prácticamente el 78.6% del déficit fiscal total proyectado para 2026.

Frente a estas crudas realidades, la reapertura de la agenda de reformas estructurales termina siendo una magnífica oportunidad para enfrentar esta “Triple carga de la malnutrición” a través de un conjunto de políticas holísticas que permitan a la vez bajar el costo de una canasta básica de alimentos saludables, y elevar los ingresos reales para cerrar la actual brecha de desigualdad en el acceso a una buena dieta. La República Dominicana no puede convertirse en un país rico lleno de hambre.

SI bien la distinción de la FAO a la República Dominicana es un merecido reconocimiento a la indudable trayectoria del país en materia de lucha contra el Hambre, no es menos cierto que garantizar el acceso permanente y definitivo a alimentos suficientes y nutritivos sigue siendo un reto formidable para la sociedad dominicana.

Bien harían los hacedores de políticas públicas en colocar este objetivo en el centro del diseño de cada una de las venideras reformas estructurales. De no lograrlo, entonces, se correría el riesgo de perder el bien más preciado que ha construido la sociedad dominicana en los pasados treinta años: la paz social; ya que el ciudadano de a pie (con toda la nobleza que se merece la expresión), más temprano que tarde, nos echará en cara esta temible advertencia como presagio de cercanas turbulencias sociales: “¿Crecimiento económico? Y ¿con qué se come eso?”

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